Había una vez en
un pueblo lejano rodeado por altas montañas, una población formada por trenes
de todos los tamaños, edades y colores. estos trenes recorrían los campos y
valles que los rodeaban con excepción de un área misteriosa que, por lo alto y
complicado de su acceso, nunca habían conocido. La leyenda decía que sólo un
tren en toda la historia había podido visitarla y que la belleza del lugar era
indescriptible.
Decididos, un día
se juntan el tren más grande y el tren más fuerte de la población para intentar
cruzar el valle misterioso. Todos los trenes se reúnen para presenciar la
hazaña. El tren más fuerte es el primero que intenta subir por la empinada y
difícil cuesta. "No creo poder, no creo poder, no creo poder", era lo
que se decía a sí mismo. Después de un largo intento se dio por vencido.
Le sigue el tren
más grande. "Quizá lo logre, no sé, quizá lo logre, no sé", se decía
a sí mismo, hasta que su cansancio lo venció. En el público hay un tren pequeño
que asegura poder hacerlo. Incrédulos y burlones, los demás lo retan a que lo
intente. El pequeño tren inicia decidido mientras repite para sí: "Sé que
puedo, lo voy a lograr, sé que puedo, lo voy a lograr". Después de horas
de mucho esfuerzo, ante el asombro de todos, el tren llega al pico de la cresta
y los saluda feliz frente a la belleza asombrosa que descubre.
La moraleja de
este cuento es que si queremos cambiar nuestra vida, primero debemos cambiar nuestra
forma de pensar. Cuando lo hacemos, cambiamos nuestra actitud y cuando esto
sucede, cambiamos nuestra conducta y acciones; para luego cambiar nuestra
realidad y, finalmente, ¡CAMBIAR NUESTRA VIDA!
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